1
el de la Salada

En Les Parellades todo el mundo es de alguna casa. Yo soy el de La Salada.
No por mérito propio, sino porque mi bisabuelo nació en la masía de La Salada y mi familia hace generaciones que labra, vendimia y sobrevive en los viñedos de alrededor.
En casa siempre hemos sido gente tozuda. Mi bisabuelo y mi abuelo trabajaron, durante muchos años, tierras que no eran ni nuestras, sino del dueño, de Can Bas. Ahorrar a cuatro duros y comprarlas no fue nada fácil. Las menos fértiles, difíciles, con pendiente, o junto al bosque. Éstos son los viñedos que nos vendieron. Luego vino mi padre y más tarde yo. Cuatro generaciones de Tons que representan, hoy, lo que es La Salada.

Por aquellas cosas que tiene el destino, o las normas no escritas de los pueblos, o quizás también por el dicho que el nombre no hace la cosa, me llamo Toni Carbó, pero soy y seré siempre el Ton de la Salada.

2
sobre Camp Joliu
y la escuela de la vida

En el viñedo, mi padre y yo discutíamos día sí, día también. Yo tengo mi carácter y él tenía más. Fui a estudiar Viticultura y Enología a la escuela agraria de Camp Joliu buscando argumentos y respuestas, y volví con más preguntas y una manía: “padre, quiero plantar chardonnay”.

Por suerte, papá sólo me dejó plantar un viñedo. Y, cómo no, la planté con chardonnay. Hoy está reinjertada con malvasía roja.
La escuela me dio un título y me enseñó dos cosas: que muchas veces el trabajo del campesino no es el que sale en los libros de viticultura, y que siempre hay alguien que sabe más que tú. En mi caso, mi padre.

3
hostia, Ton,
esto no se
puede beber

Durante muchos años vendí las uvas de La Salada para que las vinificaran otras. Todo cambió el día que probé una botella de Laureano Serres. Ramón —gran amigo, compañero de trabajo y catas, y cómplice de las mil y una— hizo una mueca y dijo: “hostia, Ton, eso no se puede beber“. Yo dije exactamente lo contrario: "Eso es justamente lo que quiero beber."

Aquella primera botella —la primera de las seis de la caja que poseía el restaurante y que fuimos pidiendo a medida que íbamos a cenar— me abrió un nuevo horizonte: hacia los que tienen más preguntas que respuestas, hacia los paisajes naturales y salvajes, hacia los vidas a mí que no a mí la escuela.

4
la llum
a les caves Ackerman

Després de l’ampolla de Laureano Serres vaig voltar molt per mirar de conèixer un món que tot just acabava de descobrir. Si un viatge em va commoure, aquest va ser al Loire, a la fira Dive Bouteille. Recordo les Caves Ackerman molt fosques, fosquíssimes. Jo hi vaig veure la llum: gairebé dos-cents viticultors que elaboraven vins que no s’assemblaven a res del que havia tastat abans. Colors que no havia vist mai. Aromes i matisos que no sortien a les guies o als manuals d’enologia. I vaig entendre que fer vi podia ser una manera de tornar a casa, que tot allò que buscava es trobava exactament al lloc d’on havia marxat: la Salada.

Vaig sortir de les Caves Ackerman amb una frase que ja no m’he tret mai més del cap: “vull fer un vi com aquest”. No perquè hagi de ser la meva bandera, sinó perquè és l’única manera sincera que tinc d’explicar-me. Un gest primitiu, auster, coherent i difícil, molt difícil.

5
la nostàlgia
per allò que torna

Tornar no és fer-se enrere. N’estic segur.

tornar és quedar-se allà on vols fer arrels.
 

La Salada són els meus avis trepitjant raïm amb els peus, els meus pares omplint els bocois de vi per vendre, la premsa vertical, llaurar amb el cavall, la gent que venia a comprar a granel, la figuera, el nesprer i el cirerer al marge de la vinya, els cups que va fer l’avi l’any 81, el camionet Ebro per anar a repartir a Barcelona, els quatre cellers que hi havia a Les Parellades, la tolva de cairons, els porcs, les gallines, els conills i els ànecs per consum propi, o el costum d’esmorzar a la vinya.
Aquesta és la meva herència d’infantesa. La vida que he retrobat gràcies al vi.